
Dedicado al Picaflor.
I (parte)
Por los parajes inciertos de un laberinto desolado, maltratado, solo, muy solo hay una Rosa roja espléndida, bella y encandilante. Era la única flor, o ser, o solo lo único que habitaba en aquel laberinto.
Aquella rosa lo único que quería era escapar, lo añoraba cada noche en su soledad abandonar aquel lugar desolado y deprimente, que solo traía penurias, pues nada, nada bello contenía ese lugar, excepto el brillo que la rosa emanaba al oír una melodía a lo lejos.
En el paraje derecho de aquel laberinto se encontraba una luz despampanante como un sol en callejones oscuros, como la miel entre miles de borrajas; ese paraje contenía a un humilde Picaflor que solo quería cruzar y contemplar aquella rosa. ¡¿CÓMO DIOS MIO?!, ¿como?, se preguntaba el picaflor, ¿Cómo?...como cruzo...tan solo quiero admirar a esa hermosa rosa y acompañarla y amarla todos los días que viva.
Pero ella ¡ni siquiera sabe que existo!, ni se digna a voltear hacia este acá y...¡verme!, con solo que me vea me conformo, que sepa de mi existencia que se entere que ¡AQUÍ, AQUÍ ESTOY YO!, dios mío ¿tanto cuesta eso?.
Y así pasaba el tiempo, el Picaflor se cuestionaba todos los sagrados y eternos días del porque de su desgracia y la Rosa, aquella pretenciosa y engreída rosa, porque esa denominación se merece y peores improperios, sabía de la existencia del picaflor y su intención.
II (parte)
Durante el transcurso de los días la Rosa persistía en mirar buscando hacia todos los lados una salida o solo alguien para conversar o solo para mirar pero…nada, no había nada. Aquélla ingrata, se cegaba intencionalmente para no mirar hacia al lado derecho, ni se dignaba, ¡ni siquiera de reojo!, era la Rosa más repudiable, inconsciente, lela, pedante, desnaturalizada, antipática, aborrecible y descarada, que habitaba este infame planeta.
Sola estaba, sola se encontraba ella, por más que analizaba, y re analizaba, se desvelaba y se reventaba pensando en cómo podría salir o si hay alguien allí afuera, pero era en vano aquella búsqueda; al final cuando ya se daba por vencida, y aceptaba la inexistencia de algún ser en el exterior, se acordaba de Picaflor, suspiraba y luego se tapaba los ojos con sus pétalos pesando que desaparecía de ahí y se mudaba a otro lugar dónde estaba lleno de flores, arboles y lindos canarios, los cuáles eran los únicos que cantaban. Ahí era dónde podía avanzar sin tener miedo de mirar hacia al lado derecho y encontrarse con el Picaflor, ahí en su imaginación dejaba amar a su corazón.
Era una necia Rosa a la cual le pasaban los años y su hermosura se desvanecía, ella era una Rosa roja espléndida, radiante, un rubí de las flores pero con el tiempo, poco a poco se fue oscureciendo, el tallo empezó a desfallecer coloreándose en un verde mohoso y cabizbajo; de la tierra subía una especie de sombra que comenzó a apoderarse de a poco de aquellos pétalos de rojo vivaz convirtiéndolos en solo un recuerdo de su hermosura.
De repente un fuerte viento se levanto, un viento helado que llegaba a congelar todo a su paso, la Rosa miraba atormentada hacia todos los lados preguntándose de dónde venía aquel viento, solo quería que se detuviera ¡ya!, estaba desesperada y asustada, no quería que sus pétalos volaran en aquella ventisca, cuando de repente siente como un pellizcó y ve que un pétalo va cayendo al suelo, entonces se da cuenta que aquel viento frío venia de su corazón y lentamente la ventisca comenzó a transformarse en hielo un hielo que la envolvió hasta lo más profundo de su corazón.
Así se convirtió en una Rosa ermitaña, que lo quedaba más alternativa que vivir su propio y nefasto mundo de soledad.
¡PERO QUE ROSA MÁS TARADA!, ¿qué no te das cuenta?, ¡está al lado tuyo!, ahí, justo a tu derecha, esta aquel Picaflor que canta todos los días para ti, que hace canciones para ti, que está ahí con su guitarra tocando para ti...¿qué os te hacéis la ciega y la sorda? Es, es inconcebible tratar con esta...es la más testaruda de todo este planeta.
Los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años, pasaban...y todo seguía igual.
III (parte)
El picaflor se encontraba ya casi abnegado y triste al ver a la rosa en la miseria en que se encontraba, siempre se cuestionaba, ¿por qué tengo que vivir en este encierro?, ¿porqué solo la rosa puede decidir cruzar?, quisiera poder ser yo el que tiene que cruzar. La Rosa antes de haber estado sola, estuvo rodeada de lindas flores que la admiraban y servían a diario, estas fueron muriendo de a poco por la hostilidad de la Rosa, pero antes llevada por su vanidad ordeno a las otras flores que nadie podía pasar a su lado del laberinto, pues no eran dignos de admirar su belleza, así le obedecieron y sellaron su jardín guardando la llave junto a las raíces de la Rosa.
El Picaflor se decía: mi amor por ella sigue tan vivo, tan verde como los árboles en primavera, tan fresco como el rocío de la mañana, tan puro como la inocencia de un niño, tan estable como un roble; así es mi amor por ella y tener que conservarlo solo para mi, a caso, ¿no es un egoísmo?
Pero ¿que he dicho?, yo ¿un egoísta?, no, no, yo no soy un egoísta, ella es la ¡malvada!, es una arpía, no me habla, ni intenta mirar hacia dónde mí...mi existencia para ella es insignificante, ¡no es más que una presumida!, es una copa de vino vuelta vinagre.
Pero...pero...pero, ¿qué he dicho?, como eh osado tratar a mi hermosa rosa de tal forma, le eh faltado el respeto, la eh desvalorizado, no, eh caído bajo, yo soy aquella copa de vino, no ella...yo soy un egoísta.
¿En qué me eh convertido?, ahora ya no me merezco ni una sola mirada de mi amada rosa, solo merezco la muerte. ¡Me matare!, eso haré, muerto mi rosa quizá se libre, venga hacia el lado derecho y por fin sea libre y así no se encontrara con una escoria.
¿Pero tengo que escribir una carta?, tiene que enterarse había alguien que ¡la amaba! ¡Cresta!, que miserable mi vida...que suplicio es esto, pero que martirio...todo este amor y ¿no poder entregarlo?, me lo llevo a la tumba, es mejor así quien va a querer el amor de ¡una mierda!, una mierda, eso soy una mierda, jamás me lo perdonare, tener que venir a manchar este mundo...y que a mi hermosa rosita, una cosa como yo la halla amado. No, no me lo perdono tengo que dejar de existir...pero ¿cómo?, necesito una arma, necesito hallar una.
IV (parte)
Y así pasaron las semanas, y el picaflor seguía en busca de un arma, y la búsqueda se tornaba en vano.
Mientras la Rosa seguía presa en su desgracia, pidiendo todos los días perdón por su arrogancia, y siempre daba la misma explicación; “yo quería mirar hacia donde el picaflor, pero no podía no era digna de él, no estaba lista para él, no estaba lista para todo el amor que me ofrecía así tan desinteresado, yo no, yo no tenía lo mismo para ofrecerle”.
¿Pero que soy?, no hay manera de salir de aquí, para expresar mi perdón, ¿mi perdón?, eso no basta, es algo muy vano, muy común, muy predecible, algo poco original, no remienda nada, nada... ¿qué hago?, pero ¿qué hago?
Entonces un día el picaflor cayó en la desesperación. ¿Qué acaso en ningún lado hay un arma para matar a esta escoria? (Intentó miles de formas de suicidio, ninguna tubo algún efecto, ninguna.)
Cuando ya estaba al borde de la locura y la desesperación, se quedo ahí sentado mirando a la Rosa, y cada día la seguía amando, era lo único que le quedaba por hacer y disfrutaba hacer, era el pasatiempo que más disfrutaba y así paso toda su vida. Finalmente murió, su cuerpo ya no daba más y los años no eran mentiras.
Y así murió, con su cabeza ladeada mirando a la Rosa, con un suspiro sin terminar, y una mirada de ternura que le proyectaba vida, aún muerto.
Entonces la Rosa...sintió un dolor inmenso en su corazón, desconocía su proveniencia, era algo desesperante, que no podía evadir, se sintió tan acongojada que la invadió una furia e impotencia por salir de su coraza la hizo que la rompiera. La Rosa no podía creer que al fin era libre, comenzó a mirar todo como si fuera la primera vez, pero algo sentía que faltaba, algo la desconcertaba, ese dolor en su corazón aún no la abandonaba y no sabía por qué.
Los trozos de hielo a su alrededor se comenzaron a derretir formando en el agua el reflejo de la Rosa, al mirarse esta quedo horrorizada, se veía vieja y prácticamente marchita, toda su hermosura se desvaneció, ahora no solo estaba sola, estaba vieja, sus encantos se habían desvanecido.
Basto que su belleza se marchitara para que se diera cuenta que necesitaba a alguien más que a ella misma, que no bastaba con adular sus hermosos pétalos de rubí rojos, no bastaba con encerrarse en su propio mundo, sino que necesitaba a alguien que la acompañara, que la cuidara, que le diera amor y le cantara cada mañana.
La Rosa recordó al Picaflor, recordó lo cruel que había sido lo insensible que fue al pretender que no sabía de su existencia, recordó lo sorda que fingía ser al escuchar la melodías de amor que le tocaba el picaflor, entonces en sus pensamientos trataba de hallar una forma de hablarle al Picaflor y decirle que quería estar con él, que lo sentía, que sabía que era una egoísta pretenciosa y descorazonada al haberlo ignorado tantos años.
A la mañana siguiente la Rosa despertó de nuevo con la angustia en su corazón y entonces decidió voltearse hacia donde miraba el picaflor, sin importa que no sabía cómo disculparse, miro y un mar de lagrimas la invadió, ahí estaba el Picaflor mirándola con ternura aún muerto. Todo lo que pensaba la Rosa era ¡NO! ¡NO! No puede ser, la conciencia la remordía y no la dejaba tranquila.
Día a día se despertaba con angustia y miraba al Picaflor añorando que fuera una mentira y no estuviera muerto. Paso un año y ya su cuerpo no tenía fuerzas, se había convertido en un alma triste y marchita.
Un día la Rosa miro hacia el cielo y vio un atardecer tan hermoso que la dejo sin aliento, cerro sus ojos y la invadió una tranquilidad, entonces vio al Picaflor volar hacia ella tocándole aquella melodía que solía escuchar, en ese momento la Rosa se sintió feliz por primera vez.
Algún día se darán cuenta, de sus errores y de sus grandes faltas y el daño inmenso que causan sus descuidos, sus acciones inconscientes y que a veces no tienen reparo.